Desde hace unos años se ha comenzado a reivindicar en la medicina occidental el papel que d’Herelle atribuyó originalmente a los fagos como agentes antimicrobianos. Tanto este franco-canadiense en 1917 como el británico Twort en 1915 fueron capaces de visualizar en cultivos bacterianos de laboratorio en placas las calvas de lisis que se producían cuando se añadían a tales cultivos extractos recogidos a partir de aguas fecales. No obstante, solo d’Herelle fue capaz de atribuir a agentes filtrables presentes en esas muestras contaminadas de agua un efecto antibacteriano reivindicando así las observaciones realizadas por Hankin sobre la relativa salubridad detectada en las aguas del río Ganges. D’Herelle fue, asimismo, el primero en utilizar los fagos para tratar la disentería en un niño de 12 años y observar que los síntomas de la enfermedad desaparecieron después de una sola inyección de fagos.
Pese a los éxitos parciales que consiguió d’Herelle en las aplicaciones terapéuticas de los fagos el tiempo vino a demostrar que no se disponía de medios técnicos adecuados para tratar racionalmente las muestras que contenían los fagos ni, quizás, se dedicó el suficientes esfuerzo humano en ese sentido. En cualquier caso, después de desarrollar un itinerante curriculum vitae que incluyó la dirección de un laboratorio en el Instituto Pasteur de París y una Cátedra en Yale el carácter irascible de d’Herelle le llevó a aceptar la invitación de Eliava para desarrollar el alucinante proyecto de crear un instituto en Tiflis (Georgia) dedicado exclusivamente al estudio de los bacteriófagos y a su empleo terapéutico. Además, los antiguos países del bloque comunista fueron una excepción en cuanto al uso generalizado y exclusivo de los antibióticos para combatir las infecciones después de la II Guerra Mundial. A partir de 1944 en muchos países del este europeo se continuaron usando los fagos frente a las bacterias y, con todas las reservas que conlleva la falta de controles científicos contrastados en muchas de estas prácticas clínicas, la labor realizada en este centro de Georgia, así como en otros institutos de investigación en el antiguo bloque comunista de la Europa del este, está comenzando en la actualidad a ser apreciada en su justa medida, e invita a una reflexión sobre sus esperanzadores resultados, en particular en usos tópicos y en el tratamiento de disenterías
Pese a los éxitos parciales que consiguió d’Herelle en las aplicaciones terapéuticas de los fagos el tiempo vino a demostrar que no se disponía de medios técnicos adecuados para tratar racionalmente las muestras que contenían los fagos ni, quizás, se dedicó el suficientes esfuerzo humano en ese sentido. En cualquier caso, después de desarrollar un itinerante curriculum vitae que incluyó la dirección de un laboratorio en el Instituto Pasteur de París y una Cátedra en Yale el carácter irascible de d’Herelle le llevó a aceptar la invitación de Eliava para desarrollar el alucinante proyecto de crear un instituto en Tiflis (Georgia) dedicado exclusivamente al estudio de los bacteriófagos y a su empleo terapéutico. Además, los antiguos países del bloque comunista fueron una excepción en cuanto al uso generalizado y exclusivo de los antibióticos para combatir las infecciones después de la II Guerra Mundial. A partir de 1944 en muchos países del este europeo se continuaron usando los fagos frente a las bacterias y, con todas las reservas que conlleva la falta de controles científicos contrastados en muchas de estas prácticas clínicas, la labor realizada en este centro de Georgia, así como en otros institutos de investigación en el antiguo bloque comunista de la Europa del este, está comenzando en la actualidad a ser apreciada en su justa medida, e invita a una reflexión sobre sus esperanzadores resultados, en particular en usos tópicos y en el tratamiento de disenterías
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