Una mala dieta puede producir un desequilibrio en la proporción de los diferentes ácidos grasos lo que conlleva un riesgo en la morfología cerebral y lesionar los vasos sanguíneos, he iniciar procesos de muerte neuronal, deformando las membranas de la celulares, perturbando su funcionamiento normal, interferir en la propagación de neurotransmisores y provocar apoplejías, la enfermedad de Alzheimer y, probablemente, todas las enfermedades cerebrales degenerativas.
El proceso es complejo, pero en esencia se produce de la siguiente forma: al metabolizar las grasas (descomponerlas para su utilización), se desprenden productos secundarios, algunos de ellos benignos, y otros nocivos, eso depende del tipo de grasa que se consuma.
Por ejemplo: el metabolismo de los Ω-6 se inicia lanzando sustancias similares a hormonas, conocidas como cicosanoides, entre las que se incluyen las prostaglandinas, los leucotrienes y las citoquinas, además de producir los radicales libres, todos los cuales provocan deterioro en corteza cerebral.
Esto lo han constatado los investigadores, tras detectar de una manera continuada en los cerebros de pacientes de Alzheimer, altos niveles de un tipo de prostaglandina proinflamatoria (una sustancia similar a una hormona).
El doctor K. N. Prasad y sus colegas del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado, en Denver, ha denominado «neurotoxinas» a determinadas prostaglandinas, debido a que matan las células cerebrales. Tales descubrimientos han llevado a los investigadores a creer que la activación de estos mecanismos inflamatorios provoca la degeneración de las células cerebrales.
El bajo rendimiento cerebral de las personas que ingieren un exceso de grasas Ω-6 no es sólo una teoría: está fehacientemente documentado.
Las investigaciones ha puesto de relieve que las personas ancianas que siguen dietas altas en Ω-6 muestran un funcionamiento mental más deficiente y una mayor pérdida de memoria.
En un gran estudio que se llevó a cabo en Holanda (el Estudio de Ancianos Zutphen) se analizaron las dietas de unos 1.300 hombres de edades comprendidas entre los sesenta y cuatro y los ochenta y cuatro años.
Tras someterlos a pruebas estándar para valorar su funcionamiento intelectual, quedó claro que los que comían más grasa Ω-6, principalmente en forma de margarinas, grasas cocinadas y salsas, tenían un riesgo un 75 por ciento superior de sufrir deterioro cognitivo, incluida la pérdida de memoria, que los que no ingerían.
Lo crítico para el cerebro no es sólo la cantidad total de ácidos grasos Ω-6 y Ω-3 que se ingiere, sino la relación entre cada uno de ellos, es decir, la proporción.
De hecho, según los estudios llevados a cabo por el destacado psicólogo israelí Shlomo Yehuda, en la Universidad Bar-llan de Ramat Gan, esa proporción constituye el factor esencial que determina lo bien que se transmite la información de una neurona a otra.
En los animales de laboratorio se ha descubierto que esta proporción de cuatro a uno mejoraba mucho el aprendizaje, el sueño, reducía los ataques apopléticos y hasta invertía en buena medida los problemas de aprendizaje inducidos por las toxinas de la célula nerviosa.
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